Día 16, parte 2. Un atisbo de humanidad

El último podrido cayó al suelo con un golpe seco del martillo de Bicho, la sangre coagulada se adhirió a las botas de montaña del este, respiraba de manera agitada por el esfuerzo que acababa de hacer y es que más por tenacidad que por habilidad habíamos logrado acabar con cada uno de los zombis que tenían rodeado al hombre y a su perro, no sin la ayuda del mismo que en cuanto nos vio llegar no tardo en abalanzarse sobre los errantes con una barra de hierro que sin duda ya había tenido que utilizar en más de una ocasión. Seguramente fuese su método de defensa cuando tuviese que conducir y pernoctar en el camión en alguna larga travesía.
El perro se mostraba ileso con su bonito pelaje negro y fuego y no se separó del dueño en ningún momento, incluso lo ayudaba a pelear derribando a los infectados con fuertes mordiscos y tirones en las piernas.

El hombre de aproximadamente cuarenta y cinco años ocultaba su pelo cano con una gorra roja y de visera blanca de una conocida marca de bebida, vestía unos vaqueros gastados con un cinturón, botas camperas y una camisa de cuadros negra y blanca manchada de sangre y sudor a partes iguales
 -Gracias-.Nos dijo mirándonos directamente a los ojos, tenía mala cara y ojeras se le veía pálido y las venas del cuello del lado derecho se le notaban como raíces de un sauce rasgando la tierra. Los ojos pequeños y juntos se notaban hundidos, la mirada era vidriosa e irritada como si tuviese fiebre.
-Es lo que teníamos que hacer-.Respondió Bicho acercándose al hombre mientras limpiaba la cabeza del martillo de trozos de errantes, sesos ocres que resbalaban con un ruido denso y sangre coagulada que se asemejaba más a membrillo impregnaban su pañuelo.
-En estos tiempos que nos ha tocado vivir pocos son los que ayudan y muchos los que miran hacía otro lado. Gracias chicos-. Nos aleccionó con voz agotada, sus labios resecos y casi deshidratados se agrietaban y sangraban con cada palabra y parecía que incluso respirar le causaba dolor.
Le ofrecí la cantimplora que llevaba colgada. Negó con la cabeza.
-No malgastéis agua con un moribundo-. Se levantó la manga de la camisa mostrando una fea e infectada herida que le supuraba una especie de pus de color negro, como tinta de sepia, las venas de alrededor estaban negras y el brazo bastante amoratado, la herida parecía latir por si sola y su olor era como a almizcle y ajo.
-Me alcanzaron hace horas antes de poderme subir al camión, pude apartarlos de Geri y subirnos-. Acarició la cabeza del perro con ternura y nostalgia. Bicho y yo nos miramos, petrificados ante la situación que nos acabábamos de encontrar, habíamos luchado para salvar a un hombre, un buen hombre al parecer, el cual se había puesto en peligro para salvar a su perro Geri y ahora el se enfrentaba a un final catastrófico, una muerte inminente le acechaba, crecía dentro de el y se extendía por todo su torrente sanguíneo como un río sin diques ni presas, descontrolado.

-Se que no tengo ningún derecho, es más ya os debo la vida así que no se que más podría exigiros pero os necesito chicos-. El hombre puso las manos en gesto de suplica, era curioso ¿Dónde estaba el dios que tanto había echo arrodillarse durante siglos a hombres y mujeres ahora? ¿Salvando a sus fieles?
-En que podemos ayudarle-.Le pregunté no muy convencido pero dejándome llevar por las emociones, no tardé en agacharme y ponerme a la altura de los ojos de Geri para contemplar esa maravillosa mirada lleva de inteligencia y bondad, esos reflejos verdes cuando le alcanzaba la luz y antes de darme cuenta ya tenía una mano rascándole detrás de las orejas. Me recordaba tanto a Blody, el perro que tuvo mi hermana…
-Quiero que cuidéis de Geri-.Nos pidió con los ojos cargados de lágrimas. –Es cuanto tengo en este mundo, lo encontré de pequeño junto a la rueda de mi camión, no se merece morir por estas...cosas…esto es cosa del hombre el no tiene la culpa-. El hombre no dejaba de acariciar el lomo de su amigo con los ojos deseosos de verter un mar de lágrimas tan dolorosas como si sus ojos vertiesen cristales desgarradores.
Ambos nos miramos, ambos animalistas, ambos habíamos estudiado auxiliar veterinario, emocionados por la autentica congoja del camionero no pudimos contestar salvo con un cabeceo. El hombre no dijo más se agachó abrazando a su esplendido animal y amigo susurrándole unas palabras al oído.  
Los gemidos de otros errantes nos pusieron alerta, Geri con una pata sobre la pierna de su dueño le lamia las lágrimas absorto de lo que pasaba alrededor, sin duda el animal preferiría morir con su dueño que salvarse con nosotros, pero “el camionero” tenía razón esto que estaba pasando no podían pagarlo los animales.
Algunos errantes ya se acercaban por ambos lados del camino e incluso por la carretera, diseminados como las gotas de pintura en la paleta de colores se acercaban con paso tambaleante abriendo sus grotescas bocas de dientes negros y labios rasgados, alargaban sus pesados brazos de dedos afilados y uñas rotas tratando de alcanzar con anhelo un bocado más, otro bocado que les otorgase la energía necesario para ir a por el siguiente bocado.  

El hombre se puso en pie y dio la orden a Geri de que no se separase de nosotros, agarró la barra de hierro y con un cabeceo pudimos sentir su agradecimiento con más sinceridad que ninguna palabra hubiese podido expresar, acto seguido no tardo en abalanzarse hacía el camino que nos llevaría a la nacional golpeando a diestro y siniestro a esos seres y llamando su atención golpeando con la barra de hierro en los coches.
Llegamos hasta la moto con Geri junto a nosotros pero sin perder de vista a su amo y llamándolo entre claros gemidos de pena, me subí a la moto olvidándome del casco pero pasándome la mochila al pecho, Bicho se subió detrás de mi pero apoyando su espalda contra mi espalda e hizo un gesto con la mano para que Geri se subiese a su regazo, el perro que estaba perfectamente educado entendió la orden y se subió de un salto, y así arrancamos y entre golpes metálicos y gritos de rabia dejamos atrás al camionero maniobrando entre los coches y evitando a los errantes.  Bicho abrazando al animal con una mano y con la mochila en la otra.
El horizonte se mostraba rojo al atardecer, otro día más que se había vertido sangre, no sabemos cuando exactamente pero se dejaron de escuchar los ruidos de lucha, los golpes y gritos  y acto seguido Geri lanzó un tremendo y desgarrador aullido, solo uno, de apenas siete segundos pero que nos hizo entender que el final de su dueño, de su amigo, había llegado y nos heló la sangre.

Tendríamos que solucionar el problema del transporte más adelante pero ya era hora de comenzar a buscar donde pasar la noche. No hubo palabras en el trayecto, solo admiración por un hombre que arriesgó y perdió su vida para salvar la de su animal, su amigo. Una lección que nos dio algo de esperanza en la humanidad una lección que muchos tendrían que aprender.

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