Día 16. El Desfiladero agónico




Habíamos conseguido atravesar los pueblos colindantes sin demasiados problemas, sabíamos que los errantes nos seguían, no teníamos la menor duda pero por el momento los habíamos dejado atrás, que era lo que queríamos. Ahora se nos planteaban dos posibles caminos por los que descender con la furgoneta, el primero nos llevaba a atravesar los Santos de la humosa, el segundo nos llevaría por carreteras comarcales hasta un desvío a la nacional. Desde las cornisas donde muere la Alcarría a más de 900 metros de altura éramos capaces de observar gran un buen trecho de las carreteras por las que podíamos circular. Nuestro desasosiego se hizo manifiesto cuando observamos una cantidad abrumadora de coches parados, abandonados o accidentados en prácticamente toda la carretera. El humo, cual grajo emisario de fatídicas noticias nos advertía de la inherente evidencia que habíamos querido negar, la plaga se había extendido más rápido que una hoja es transportada por una brisa. Observé como Bicho a mi lado se echaba las manos a la cabeza con el rostro crispado de impotencia ¿Cómo íbamos a atravesar esa jungla de hierro y carne descompuesta?
-Por el otro camino llegaríamos directamente a Torrejón de Ardoz-.
Le dije mientras observaba como algunos de esos seres comenzaban a darnos alcance, no podíamos estar mucho más tiempo parados ya que desde el improvisado mirador no disponíamos de muchas salidas y los Santos de la humosa ya contaba con un número de habitantes bastante más elevado que de donde veníamos nosotros.
Aun con las manos en la cabeza me miró con los ojos brillantes, ¿de ira, de emoción, de tristeza? Se trataba de una mirada indescifrable para mi ya que nunca había sido muy empático con los asuntos sentimentales.
-Son mis amigos-.me contesto algo molesto diría yo por el tono.
-¿Ellos harían lo mismo por ti?-.le pregunté sin apenas darle tregua a responder y mirando por encima de su hombro a la hueste de errantes que se nos aproximaban, como un muro de carne y huesos que nunca se detendría ante nada, voraz infinita con paso tambaleante.
Miró por encima del hombro siguiendo mi mirada.
-Quiero pensar que si Alfred-. Me respondió dando una fuerte calada de su vaper.
-Entonces no lo dudemos más-. Dije acelerando la moto y trazando un amplio circulo con ella alrededor de la furgoneta derribando a un par de errantes con un impacto de la rueda trasera y dándole a Bicho algunos segundos más para volver a la furgo y acelerar atravesando los santos de la humosa a una velocidad muy por encima de la aconsejada en esa travesía descendente, no nos fue difícil dejar atrás a las horas de tambaleantes, la bajada fue bastante sencilla sin apenas coches que nos interrumpiesen el camino el problema comenzó a ser más notable cuando alcanzamos la planicie, la carretera estaba casi intransitable con coches estrellados a ambos lados del camino, íbamos sorteando los vehículos con cuidado y despacio, podíamos ver como las victimas de esos accidentes, ahora convertidos en zombis trataban de librarse del cinturón de seguridad al vernos en pos de un bocado o golpeaban los cristales que les hacían de jaulas, la no muerte no había entendido de edades, sexo o condición, en este desfiladero de acero y agonía vimos niños, mujeres, hombres y ancianos ahora convertidos en sacos de carne en descomposición carentes de alma o espíritu, si es que era verdad que los humanos poseíamos algo de eso.

A escasos tres o cuatro kilómetros de la nacional que nos llevaría a Alcalá de Henares la carretera se mostraba completamente bloqueada, un camión con varios coches del desguace que estaba en esa misma carretera estaba cruzado, debía de haber algo vivo en el camión por que varios tambaleantes estaban alrededor entonando su ya conocida Traviata a la muerte, la furgoneta no podía pasar por los caminos de tierra de los lados, ya me venía un poco justo a mi con la moto. Regresé al lado de Bicho reculando con el motor apagado, no queríamos llamar la atención de esos seres ávidos de carne y sangre.
El ya me esperaba fuera de la furgoneta con la mochila en la espalda y con una garrafa y una goma en la mano, comenzó a vaciar el depósito mientras yo me mantenía atento a todas partes. Sabíamos que esto iba a pasar, era una pena tener que dejar la furgoneta con el buen servicio que nos había prestado.
Dejamos las mochilas en el suelo al lado de la furgo y observamos a los errantes, nos quedamos perplejos cuando vimos a lo que estaban emboscando, un hombre de mediana edad y su perro (un pastor alemán) Estaban en la parte más alta del camión, el hombre sostenía una palanca o un palo en la mano y por como chorreaba estaba claro que lo había utilizado.
-Son muchos-susurré.
-Si tío, usemos los coches para escudarnos.
-No abras ningún coche y ten cuidado con el suelo, alguno de esos bichos podría arrastrarse y pillarnos por sorpresa-.
-Romero nos ha enseñado a mirar a todas partes-. Me dijo con una media sonrisa cargada de amargura, agarró su martillo en la mano derecha y se dio un par de golpes en las revistar que se había atado en el brazo izquierdo, un buen detalle que nos enseño Brad Pitt en guerra mundial z.  Me preparé con el bate de baseball que llevaba en la espalda y dejé el casco al lado de la moto, era útil para no recibir golpes en la cabeza pero apenas me dejaba ver y me fatigaba bastante con el.
Comenzamos a acercarnos al camión. –Joder, ¿no íbamos a pasar un día sin derramar sangre?

En otro lado a bastantes kilómetros de distancia alguien buscaba por un walkie de onda corta.
-Alfred…Alfred soy Oso si me recibes ya sabes donde encontrarme, ¿recuerdas el plan que ideamos para resistir contra zombies jugando al rol en el barrio? Lo estoy llevando a cabo. Este mensaje se repetirá todos los días hasta que la batería se agote, solo enciendo el walkie de 16.00 a 16.10. Suerte.

Evidentemente Alfred y Bicho aun se encontraban muy lejos para escuchar esa llamada.


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